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Conferencia “Semblanza, testamento, muerte y sepultura de José de Viera y Clavijo”. Bicentenario de la muerte de José de Viera y Clavijo”.

Conferencia “Semblanza, testamento, muerte y sepultura de José de Viera y Clavijo”. Bicentenario de la muerte de José de Viera y Clavijo”. Catedral de Canarias, 21 de febrero de 2013. Julio Sánchez Rodríguez.

Gracias señor Deán. Gracias al cabildo catedral por haberme invitado a participar en los actos del Bicentenario de Viera y Clavijo, encargándome esta disertación.

La catedral de Canarias que hoy nos acoge y reúne, tiene el honor de conservar las sepulturas de dos de los más grandes personajes de las Islas Canarias. En la capilla de Santa Catalina, la primera entrando a la izquierda, está enterrado don Bartolomé Cairasco de Figueroa, primer poeta canario y padre de las letras canarias, sacerdote, canónigo y prior de esta Santa Iglesia Catedral. El 12 de octubre de 2010 conmemoramos solemnemente en este mismo lugar el cuarto centenario de su muerte. En la capilla de San José, primera de la nave de la Epístola, están los restos de don José de Viera y Clavijo, primer historiador sistemático de nuestra Islas, literato y estudioso de la botánica del archipiélago, sacerdote y arcediano de Fuerteventura, dignidad que ostentó como capitular del cabildo de esta Santa Iglesia Basílica de Santa Ana. Hoy estamos aquí reunidos para conmemorar el bicentenario de su muerte.

José Antonio Viera y Clavijo nació en Los Realejos el 28 de diciembre de 1731, festividad de los Santos Niños Inocentes. Era hijo de Gabriel Viera del Álamo, alcalde del lugar, y de doña Antonia María Clavijo. El niño fue bautizado en su casa por el sacerdote don Lucas Fernández de Chaves al nacer enfermizo y en peligro de muerte. Una de las características de la personalidad de Viera fue su fina ironía. Y su primera  inocentada nos la dio el día de su nacimiento, pues aquel niño débil y con pocas esperanzas de vida, vivió 81 años y 55 días. El día 5 de enero de 1732, recuperado, en la iglesia de Santiago le ungió con los Santos Oleos propios del sacramento bautismal su tío sacerdote don Domingo Francisco del Álamo y Viera. Pocos meses después, su padre consiguió el empleo de escribano en el Puerto de la Cruz y allí se estableció con toda su familia.

Hizo los primeros estudios en el convento de San Benito de La Orotava, regentado por los dominicos. Viera, en la Historia General de Canarias, elogia el sistema de estudios de los dominicos en aquella comunidad y de la Orden en general, lo que muestra su aprecio y agradecimiento por la formación recibida. Uno de los aspectos más significativos de los años de juventud de Viera es que no fue enviado por sus padres a estudiar en alguna de las Universidades de la Península para obtener algún título, como solían hacer las familias pudientes, probablemente por la escasa salud de que gozaba. Su hermano mayor Nicolás sí realizó estudios superiores en la Península y se doctoró en derecho.  Luego consiguió en esta catedral una ración en 1773 y una canonjía en 1780. Cuatro años después los dos hermanos serían compañeros capitulares. José Viera fue un autodidacta. Su universidad sería las bibliotecas, las tertulias y los viajes.

El joven Viera asumió el estado clerical y a los 18 años fue tonsurado y ordenado de Menores en La Laguna por el obispo Juan Francisco Guillén. Al mismo tiempo estudió teología y fue dotado con una capellanía patrimonial por su tío don José del Álamo y Viera, párroco de La Orotava.  En el oratorio del palacio episcopal de Las Palmas de Gran Canaria recibió las órdenes Mayores de manos del obispo fray Valentín Morán: de subdiácono el 22 de diciembre de 1753, de diácono el 20 de septiembre de 1755 y de sacerdote el 3 de abril de 1756, a los 24 años de edad. El obispo le concedió licencia para predicar en su parroquia de Nuestra Señora de la Peña, del Puerto de la Cruz, cuando fue ordenado de Diácono. A los pocos meses de ser ordenado de presbítero se trasladó con sus padres a la ciudad de La Laguna. Los 14 años que Viera residió en La Laguna fueron trascendentales para su formación. Armonizó admirablemente el ministerio sacerdotal con sus inquietudes culturales participando activamente en la Tertulia de Nava, promovida por don Tomás de Nava de Grimón, quinto marqués de Villanueva del Prado. Adscrito a la parroquia de los Remedios, fue capellán de coro y secretario de las Conferencias Morales para los clérigos, instituidas por el obispo Delgado y Venegas. Sobresalió como predicador, con un estilo nuevo de oratoria, sencilla y con contenido, lejos de la vieja retórica vacía. En sus Memorias se afirma que a don José de Viera “se debió en Tenerife la reforma, el decoro y la dignidad  del púlpito, versado ya en la lectura de los más célebres oradores franceses”. Con todo, el joven sacerdote fue acusado ante el Santo Oficio en dos ocasiones, en 1756 y en 1759. En la primera por un sermón que predicó el día de San Antonio en el Puerto de la Cruz y fue censurado. En la segunda por leer libros prohibidos. También fue amonestado por los obispos Morán y Delgado. El vicario de La Laguna lo defendió sin titubeos de algunas falsas acusaciones y de las críticas por sus modales espontáneos e informales, sus burlas y carcajadas, y lo define como una persona “de semblante despierto y festivo, de modo que habla con aire de risa”. Además valora muy positivamente su distinción como participante en la Tertulia de Nava. En 1784, la Inquisición quiso censurar su Historia de Canarias por los comentarios irónicos que expresaba contra esta institución, pero tuvo que desistir. Entonces, el arcediano Viera estaba apoyado por el obispo Martínez de la Plaza y por el cabildo catedral. El cabildo mantenía en aquellas años serias confrontaciones con el Santo Oficio.

A partir de 1770 hasta 1784, Viera se establece en Madrid y viaja por gran parte de España y por diversos países europeos: Francia, Paises Bajos, Alemania, Italia y Austria.  En el primer viaje como tutor del marquesito del Viso, heredero del marqués de Santa Cruz. En el segundo,  acompañando al propio marqués de Santa Cruz, tras la muerte de su joven hijo.  En Madrid trabaja incansablemente en la redacción de su obra primordial, “Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria”, se consolida su prestigio como eminente orador e ingresa en la Real Academia de Historia. La Historia de Canarias la publicó en diversos plazos: el tomo primero en 1772, el segundo en 1773, el tercero en 1776 y el cuarto en 1783. El aplazamiento de la publicación del cuarto tomo, dedicado principalmente a la Historia de la Iglesia de Canarias, fue muy beneficioso para toda la obra. En ese periodo viajó a Italia y a Austria. En el archivo secreto Vaticano consiguió una documentación valiosísima, que él titula Quince Monumentos. Estos documentos  le obligaron a rectificar muchas de las noticias y datos que había escrito en el primer tomo, relativos a la creación del obispado del  Rubicón y traslado de la sede a Las Palmas, el obispado efímero de Fuerteventura  y noticias sobre los primeros obispos de nuestra diócesis Canariense Rubicense. En Roma, además, consiguió que el papa Pío VI le recibiese en audiencia y le autorizara a adquirir y leer los libros prohibidos de la Enciclopedia Francesa. Este interesante episodio de su vida, descalifica a los que han querido ver en Viera a un sacerdote rebelde contra las normas de la Iglesia y “volteriano”. Ciertamente, Viera leyó y admiró los escritos del filósofo francés, sobre en todo en la primera época lagunera, y lo conoció personalmente en su viaje a París, pero no fue discípulo incuestionable de todo su pensamiento filosófico.  Como han demostrado otros autores, Viera fue más bien un ilustrado reformista, seguidor del Padre Feijoo en la crítica y  combate contra las suspersticiones y  la ignorancia, pero lejos de la postura de Voltaire que consideraba a las religiones como fuente de fanatismo.

En el monasterio de Merck de Austria, Viera conoció un documento que hablaba de fray Bernardo, obispo de la Fortuna y primero de las Islas. Con todo no llegó a conocer la importancia histórica de aquel hallazgo: la existencia del obispado de Telde en el siglo XIV, primero del archipiélago, que sería estudiado y publicado ya en el siglo XX por don Antonio Rumeu de Armas y cuyas bulas las citaba Conrard Eubel. Fray Bernardo Font fue el primer obispo de aquella diócesis misionera. Debemos resaltar la honradez del sabio historiador canario que supo reconocer, rectificar y corregir sus propios errores y equívocos cuando llegaron a sus manos los documentos vaticanos y los austriacos. Por eso, aquellos profesores o autores que afirman sin pudor que la Historia de Viera no se debe criticar ni corregir, como si fuese infalible, ofenden al propio Viera que supo practicar la autocrítica.  Sin duda, Viera y Clavijo es el referente principal e imprescindible de la Historia de Canarias, pero para que siga vivo su legado hay que actualizarlo y mejorarlo con las investigaciones que nos ofrecen  nuevos documentos y estudios. Viera escribió también en Madrid el Hierotheo sobre los derechos y honores de los presbíteros, como colaboradores necesarios de los obispos.

En 1782, Viera solicitó y obtuvo del rey la prebenda y dignidad de Arcediano de Fuerteventura en la catedral de Canarias, vacante desde la muerte de don Eduardo Sall el 12 de marzo de 1780. Por poderes otorgados a su hermano Nicolás, que era canónigo, tomó posesión el 15 de noviembre de 1782. El cabildo catedral le concedió dispensa para que permaneciese en Madrid hasta la finalización de su Historia General de las Islas Canarias e, incluso, le ayudó a la impresión del tomo IV con cien doblones. Viera se incorporó a su cabildo en noviembre de 1784, empezando así la última,  fructuosa y más larga etapa de su vida de casi 30 años. Cuando llegó a Las Palmas de Gran Canaria tenía 53 años de edad. El cabildo le cedió una casa que poseía en la plaza Mayor o de Santa Ana, donada por el deán don Zoilo Ramírez.  En ella vivió con su hermana María Joaquina, poetisa, y con su hermano Nicolás, canónigo, que falleció el 6 de octubre de 1802. Los hermanos Viera se gastaron en la restauración de la casa 8.000 pesos. Y como en las etapas anteriores, en Gran Canaria Viera armonizó perfectamente su vida eclesiástica con sus inquietudes intelectuales. Asistía al coro y misa conventual diariamente y predicaba los sermones que le encargaban, que eran frecuentes. Al mismo tiempo  dirigía la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, fundada por el obispo fray Juan Bautista Cervera, y la Real Escuela de Dibujo, fundada por el obispo don Antonio Martínez de la Plaza. Su actividad fue ímproba e inestimable.  Catalogó el archivo de la catedral, escribió los Extractos de las Actas Capitulares que abarcaban desde principios del siglo XVI a finales del XVIII. Fundó en 1786 el Colegio de San Marcial para la formación de los mozos de coro. En 1797 fue nombrado Gobernador del obispado en la ausencia del recién designado obispo el canario don Manuel Verdugo, “manifestando en su ejercicio  inteligencia, acierto y amor a la paz”, según declaró el prelado. Como director de la Sociedad Económica adquirió en 1794 la primera imprenta de la isla. Editó obras propias y de otros autores. Escribió el Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias, una de sus más importantes obras. El arcediano Viera fue incluido en una lista de sacerdotes episcopables, presentada por el obispo Verdugo,  reconociendo así  sus cualidades y virtudes.

A principios del verano de 1811 la epidemia de fiebre amarilla, procedente de la isla de Tenerife, se desató en la ciudad de Las Palmas, detectándose el primer brote en el barrio de Triana. La alarma cundió y algunos capitulares se trasladaron a la ciudad de Telde, entre ellos don José Viera y Clavijo. Hubo polémica en el cabildo, ya que los pocos capitulares que decidieron permanecer en la ciudad, Bencomo, Albertos y Cabral,  instaron a sus compañeros a reincorporarse a la catedral. El arcediano Viera contestó al oficio con respeto, pero también con firmeza: “que yo sería el primero que accedería a su respetable solicitud si mi edad, mi salud y otras circunstancias me lo permitieran en el día, mayormente cuando mi ausencia de la Iglesia y de la ciudad no ha sido para disfrutar recles (o permisos) ni diversiones”. Con mucha discreción para evitar contagios, el 24 de agosto de 1811 se bajó a la catedral la imagen de Nuestra Señora del Pino en rogativas. La estancia de Viera en Telde fue de nueve meses. No estuvo ocioso, a pesar de su edad, sino que aprovechó para investigar en el histórico archivo de San Juan Bautista y para redactar su testamento. El fallecimiento en Las Palmas del deán don Miguel Mariano de Toledo, acaecida el 31 de julio de 1811, afectó mucho a Viera y Clavijo, pues habían sido muy amigos y confundadores del colegio de San Marcial. Probablemente este suceso le movió a hacer su testamento en Telde sin esperar al regreso a Las Palmas.

El testamento lo otorgó Viera el 30 de septiembre de 1811 ante el escribano público Juan Nepomuceno Pastrana. Primeramente hace profesión de fe en la Santísima Trinidad y en todos los artículos que tiene, cree y confiesa la Santa Iglesia Católica. Manifiesta su voluntad de ser amortajado con las vestiduras sacerdotales y pide que se le dé sepultura en la capilla de San José de esta catedral con este epitafio: “Don Josef Viera y Clavijo, Arcediano de Fuerteventura. Ecce nunc in pulvere dormit”. Un humilde epitafio, propio de un hombre sabio.  La imagen del Santo Patriarca había sido costeada por tres donantes de nombre José: el arcediano José de Viera y Clavijo, el canónigo José Borbujo y el propio escultor José Luján Pérez. A estos se agregaron luego los canónigos Briñes y Bencomo.   Como heredera universal nombra a su hermana María Joaquina y como albaceas al arcediano don Antonio María de Lugo y a don Pedro Gordillo, párroco del Sagrario. Viera era pobre en bienes inmuebles y rico en libros. “Declaro, dice Viera, que no poseo otros bienes raíces  que unas dos fanegadas y media de tierra labradía situada en el Lomo del Capón, donde dicen la Suerte de Cuevecilla, jurisdicción de la ciudad”. Estas tierras las había comprado en 1806 a don Fulgencio Arturo, ayudante de las Milicias, por 1.500 pesos de plata corrientes. Es lo que realmente hereda su hermana, además de los muebles de su casa. Los libros y manuscritos los distribuye entre las instituciones y personas que tuvieron relación con su vida. Podemos hacer un itinerario, desde su nacimiento a su muerte, ordenando los items de modo cronológico. A la parroquia de Santiago del Realejo Alto “donde fue bautizado” lega cuatro tomos litúrgicos con su vitrina. Recordando su estancia en La Laguna y las tertulias de Nava que tanto influyeron en su formación ilustrada, deja a don Alonso de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, “en memoria  de los distinguidos favores que merecí de su padre don Tomás de Nava”, los manuscritos de las Crónicas de sus viajes por Europa, poemas diversos, cartas familiares y otros.

Las instituciones de Las Palmas de Gran Canaria, donde vivió los últimos 29 años de su vida, fueron las más agraciadas. En primer lugar, a la Biblioteca Capitular del cabildo catedral cede los 230 ejemplares de los cuatro tomos de su “Historia General de las Islas Canarias”, que aún estaban sin vender en Madrid, para que sea el propio Cabildo el encargado de hacerlo. Deja, además,  el Diccionario de Jurisprudencia de 14 tomos, las Sinodales del obispo Murga y, sobre todo,  la Enciclopedia francesa o Gran Diccionario de Ciencias, Artes y Oficios de 39 volúmenes, que a pesar de ser libros prohibidos, como ya dijimos, el papa Pío VI le había dado el privilegio y licencia para comprarla y leerla,  como expresamente declara Viera en la última cláusula del testamento, como si quisiese dejar claro su obediencia y fidelidad a la Iglesia y al Papa: “…aunque obra prohibida la he usado por privilegio que me concedió en Roma y en audiencia particular nuestro Santísimo Padre Pío Papa Sexto el día 15 de junio de 1780”. No deja de ser llamativo que  Viera comience el testamento confesando su fe en todo lo que cree y confiesa la Iglesia Católica y finaliza el mismo declarando su fidelidad al papa.  Con el valioso legado que deja al cabildo catedral, el arcediano manifiesta su deseo de contribuir  “al aumento de la biblioteca que se ha empezado a establecer en el recinto de dicha Santa Iglesia Catedral para fomento de la literatura del país y uso de los señores capitulares, como también para mostrar su reconocimiento al Cabildo por la primorosa escribanía de plata que se sirvió regalarle en testimonio de gratitud con que admitió sus tareas en su servicio estraxtando las Actas de sus libros capitulares, ordenando el archivo secreto y el proyecto de unos nuevos estatutos”.   Al Cabildo Catedral también dona las dos medallas de oro que recibió de la Real Academia Española como premios de elocuencia por sus discursos en memoria del rey  Felipe V (1779) y del célebre escritor español del siglo XV don Alonso Tostado (1782), que se entregarán al tesoro de la catedral para el nuevo ostensorio o custodia del Santísimo Sacramento. Y, finalmente, deja al dicho Cabildo 100 pesos corrientes para el coste de la silla de la dignidad de Arcediano de Fuerteventura en el nuevo coro que se construye. Curiosamente, a la muerte de Viera, la silla del arcediano de Fuerteventura quedó vacante 170 años, hasta que en los años ochenta del siglo pasado, el obispo don Ramón Echarren decidió recuperar dicha dignidad, nombrando a don José Lavandera López arcediano de Fuerteventura. Don José es, por tanto, el inmediato sucesor de don José de Viera y Clavijo.

Al Seminario Conciliar dona varias obras propias y de otros autores, “por la consideración y estima” que le tengo. Citamos sólo algunas:  el Diccionario impreso de Historia Natural (13 cuadernos),  el manuscrito sin imprimir del “Hierotheo”, “Elogios y oraciones académicas” y el “Poema de la Religión” (1742) de Luis Racine “que traduje en verso castellano”, también sin imprimir. Luis Racine era hijo del famoso filósofo y escritor francés Jean Racine. Además, y esto es de mucho interés para conocer la afición de Viera a todas las ciencias, “dona al Seminario los aparatos e instrumentos de Física y los ejemplares y muestras de piedras, cristalizaciones, tierras, metales, conchas, producciones de volcán, sales, gomas, resinas y otras curiosidades de Historia Natural que hubieren en el Gabinete”. Viera no fue profesor del seminario, pero el obispo lo nombró examinador sinodal de los ordenandos y presidente de mesa de los exámenes de Lógica, Metafísica, Física y Ética.

La Real Sociedad Económica de Amigos del País fue también muy favorecida por Viera, recordando que había sido su director desde 1791. Y “en prueba especial de mi afecto a dicho cuerpo patriótico” le dejo la obra manuscrita en 13 cuadernos que he trabajado y compuesto “El Diccionario de Historia Natural de las Canarias”, y pide que se procure su impresión. Además, le deja el Diccionario de Artes, Oficios y Manufacturas, de 18 tomos, y el Diccionario de Arquitectura y Nobles Artes, de 4 tomos.

Acerca de la Escuela de Dibujo, fundada por el obispo don Antonio Martínez de la Plaza, declara que se había gastado 250 pesos en la restauración de su sede, situada en una casa que había donado don Luis de la Encina obispo de Arequipa.

Y he dejado para el final, una institución especialmente querida por Viera y Clavijo: el colegio de San Marcial, fundada por él y el deán don Miguel Mariano de Toledo para la formación de los mozos de coro. Dice textualmente don José Viera: “Dejo 36 pesos corrientes que por espacio de 6 años se den 6 pesos cada año al Vicedirector y mayordomo del colegio de San Marcial para invertirlos en zapatos, medias u otras piezas de vestuario de aquellos colegiales que tengan más necesidad en la festividad del Santo Patrono (7 de julio). Y cuando se vaya a colocar en la catedral el cuadro (de San Marcial) que se guarda en el colegio para conducirlo a la iglesia, junte toda la comunidad de jóvenes y con él rece un responso grave y pausado por mi ánima, en memoria de la mucha parte que tuve en la erección de este colegio y de que fui su primer director, formando el plan de su establecimiento y las constituciones y ordenanzas, que con aprobación del cabildo y del prelado se están siguiendo”. El cuadro de San Marcial había sido pintado por Juan de Miranda y costeado a medias por Viera y Clavijo y por el prior de la catedral don Domingo Franchy de Alfaro. Para su culto en la catedral Viera dejó 100 pesos corrientes para el gasto anual de 6 velas (3 pesos cada año) que se encienden en la víspera de la fiesta de San Marcial, patrono titular de nuestra primera catedral del Rubicón de Lanzarote. Este cuadro de San Marcial está colocado en la capilla de San José, imagen también costeada en parte por Viera, como dijimos. Al pie de ambos santos está la tumba del arcediano ilustre.

No me detengo en otras donaciones que dejó a familiares y amigos de Tenerife y de Gran Canaria. Solo me gustaría destacar que entre ellos está don Pedro Gordillo, cura del Sagrario, y diputado por Gran Canaria en la Cortes de Cádiz, de las que fue también presidente. Gordillo y Viera entablaron gran amistad, pues coincidían en inquietudes culturales y reformistas. A Gordillo dejó Viera la Historia Eclesiástica de Fleury y una Biblia Sacra, editada hermosamente en dos tomos por la casa Ybarra de Madrid. Además, como vimos, lo nombró albacea de su testamento.

A principios del mes de marzo de 1812 ya estaba Viera y Clavijo de vuelta en la ciudad de Las Palmas. Probablemente regresó, una vez desaparecida la epidemia, para despedir a la imagen de Nuestra Señora del Pino, que   volvió a Teror el día 5 de marzo. Viera tuvo especial devoción a la Virgen del Pino y había predicado el panegírico de su fiesta en la villa mariana. El día 10 está presente en la reunión del cabildo catedral. Siguió asistiendo a los cabildos durante los siguientes meses. Pero su salud se debilitaba.  Los últimos cabildos a los que asistió fueron los del 11 de junio y el 8 de agosto. Recluido en su casa de la plaza de San Ana vivió seis meses más. El 21 de febrero de 1813 falleció don José de Viera y Clavijo, por la mañana antes del coro. Reunido el cabildo se trata del espinoso asunto de su enterramiento. Por una parte estaba la voluntad testamentaria del difunto de ser sepultado en la capilla de San José. Por otra, las nuevas leyes que prohibían enterramientos en las iglesias y obligaban a la construcción de cementerios extra muros de las ciudades. Viera había criticado esas disposiciones por contradecir la tradición de 400 años que se practicaba en Canarias desde la conquista. Pero el cementerio de Las Palmas estaba aún en construcción, de tal modo que el cabildo denuncia que “se están enterrando los fieles como si fueran bestias”. No obstante, el propio Viera había previsto estas circunstancias en su testamento, declarando que “pues las ideas políticas ahora dominantes se opondrán a mi voluntad, sólo puedo pedir que se dé sepultura a mi cadáver en camposanto, donde tuvieran a bien los vivos…y si volviesen las cosas a su primer ser, se verificará lo que tengo dispuesto en la antecedente cláusula”. El cabildo decidió hacer su enterramiento en el cementerio público de este ciudad en la tarde de este día, abriéndose la sepultura en lugar contiguo al paraje donde tenía previsto  construir un panteón para el enterramiento de los capitulares,  “cubriéndose con una losa para que tenga la decencia componible con el mal estado de dicho cementerio”. En los días posteriores se celebraron en esta catedral los oficios mayores y menores previstos para las dignidades del cabildo.

Curiosamente, don José de Viera y Clavijo que en  vida había viajado tanto por los países europeos, al morir, su cadáver tuvo que hacer otros tres viajes. El primero el día de su muerte a la sepultura provisional que el cabildo preparó en el cementerio de Vegueta, como acabamos de decir. Luego, el 19 de diciembre de 1860 se exhumaron sus restos para trasladarlos al panteón que el cabildo había construido para sus miembros. Según se dice en el acta de exhumación se pensaba entonces levantar en el propio cementerio un mausoleo a Viera y Clavijo, “digno de su memoria y que atestigue a las generaciones venideras la estimación en que la presente tiene sus obras históricas y literarias que tanto honran a estas islas”. Pero finalmente, cuando las leyes sobre enterramientos se flexibilizaron en el reinado de Alfonso XIII, y coincidiendo con el primer centenario de su muerte, el 21 de febrero de 1913, hoy hace un siglo, fueron trasladados sus restos a la capilla de San José de esta catedral, cumpliéndose así su voluntad testamentaria. Ahí reposan ante la imagen de San José y el cuadro de San Marcial, obras que se hicieron con su contribución.

Con motivo de este definitivo traslado del cadáver de don José de Viera y Clavijo, se escribió el siguiente elogio en el Libro de Prebendados, con cuya lectura termino mi conferencia:

“Escribió la Historia civil y eclesiástica de las Islas Canarias y la natural de ellas mismas, y otros varios tratados sueltos que hacen muy recomendable su memoria, por cuyos méritos el Ilmo. Cabildo hizo sacar su retrato (que pintó José de Ossavarry), y colocar entre otros que por semejantes motivos conserva a la entrada del Aula Capitular. Falleció el 21 de febrero de 1813 a las dos de la mañana en su casa situada en la plaza de Santa Ana, nº 7, de edad de 82 años. Su cadáver fue sepultado en la cripta capitular del cementerio de esta capital, y en 20 de febrero de 1913 fue exhumado y sepultado en la capilla de San José de esta Santa Iglesia Catedral Basílica de Canarias, celebrándose al día siguiente en la misma iglesia con motivo del primer centenario de su defunción, un funeral solemne con oración fúnebre, al cual asistieron las autoridades y numeroso público”.

Asistieron las autoridades y numeroso público, igual que esta tarde, cien años después.
Gran Canaria y Las Palmas de Gran Canaria tienen el gran honor y privilegio de conservar en esta catedral la tumba de don José de Viera y Clavijo, una de las figuras más insignes del Archipiélago. Al terminar el concierto participaremos en el acto más significativo y emotivo: nos acercaremos a la capilla de San José para rendir homenaje al ilustre polígrafo y arcediano de Fuerteventura con una ofrenda floral, una oración por su alma, el descubrimiento de una placa conmemorativa y unas palabras de elogio de las autoridades y representantes de las instituciones.

Muchas gracias por su atención.